Tirar el agua y al niño
Tras muchos dimes y diretes, amagos y anuncios, nos presenta el Lehendakari Ibarretxe la tan traída y llevada propuesta de “Pacto político con el Estado.” Olvidando que él y su gobierno son parte de ese Estado. Después de meses mareando con lo del “Estado libre-asociado”, el modelo quebecqués –que en nada se parece a lo que el PNV dice qué es-, nos sale con una declaración que recoge los más rancios estereotipos del nacionalismo etnicista. con esa apelación a los “derechos (que) desde los albores de la historia” que les legitima para decidir su “propio futuro”, haciendo tabula rasa de que los derechos que a él le asisten están salvaguardados por el Estatuto de Gernika y ésta, a su vez, por la Constitución Española de 1978. Se coloca, en una arriesgada pirueta, fuera del Estatuto que lo legitima y niega al pueblo español la soberanía de decisión que el artículo 1.2 le reconoce.
Si el Estatuto está obsoleto y no sirve y lo rompe, ¿qué marco jurídico ampara al Gobierno Vasco? ¿qué autoridad tiene el Parlamento Vasco para legislar? ¿qué es lo que queda de ámbito institucional en pié en El País Vasco?
Un paso más en ese camino hacia no se sabe dónde. Si, como ha anunciado, el gobierno español impugna ante el Tribunal Constitucional cualquier medida que el gobierno Ibarretxe tome en el sentido de desarrollar el “nuevo Pacto político con el Estado”, ¿qué camino le queda? ¿Ir a denunciar al Tribunal de Estrasburgo al Estado Español?, repitiendo así lo amagado con motivo de la dispersión de los presos de ETA. Después de recurrir a Estrasburgo, la ONU o la UE sólo queda “tirarse al monte”.
Que el inicio de su discurso sea el referente al “pueblo vasco” y su identidad desde los albores de la historia entra en el camino de la sacralización del objeto. Si el pueblo existe y éste se manifiesta en una lengua, una religión, una cultura... y sobre todo en un territorio está el Lehendakari a un paso de volver a dar vida a la joseantoniana patria como unidad de destino en lo universal.
No importa que el pueblo vasco exista lo mismo que el aragonés o el leónes. Lo que importa es la creación del mito -la nación- y luego ya se rellena con sus héroes, opresores y mártires.
Todo nacionalismo es una mitología. Y cuando digo todos no excluyo a ninguno. Sea más grande o más pequeño su ámbito territorial, lingüístico o cultural. Y en el plano de las mitologías se recurre a la irracionalidad para explicar el origen, la historia y el presente. Así se habla de conflicto histórico, territorios históricos o derechos históricos. La historia como coartada para justificar el asesinato, la extorsión, la eliminación de los derechos más elementales de la mitad de la ciudadanía que vive en el País Vasco, para los que el Lehendakari no ha tenido ni una referencia en su discurso. ¿Qué raro debe parecerle al Lehendakari que en su arcadia miles de ciudadanos hablen con temor, cuando hablan, o que la oposición tenga que ir con escolta? ¿Cómo es eso posible en una situación en la que es él y sus congéneres -según denuncian un día sí y otro también- son los oprimidos por el Estado Español? Que paradoja.
De nada sirve que el empresariado vasco, a través de sus organizaciones, le haya avisado de la inviabilidad del proyecto en una economía tan imbricada con la UE y siendo indistinguible de “la española” que cualquier ruptura del marco actual supondría un desastre económico. Todas las asociaciones empresariales, cámaras de comercio, colegios profesionales le han pedido que dedique sus esfuerzos a la búsqueda de soluciones para el chantaje que sufren por parte de ETA, pero los empresarios no deben tener la visión histórica del Lehendakari.
La propuesta efectuada el pasado 26 de septiembre por el Lehendakari no abre nuevas perspectivas de solución al gravísimo problema de convivencia que existe en el País Vasco, sino que lo agrava al dar un salto cualitativo en las diferencias entre nacionalistas y constitucionalistas; porque no es un problema entre nacionalistas y no nacionalistas el que se dirime, sino entre quienes anteponen el criterio de etnia, lengua o territorio al de la ley, seguridad jurídica o constitución. En definitiva entre nacionalistas y demócratas.
Obcecado por el cumplimiento mesiánico del proyecto nacionalista ha tirado el agua del barreño, sin darse cuenta que el niño estaba dentro.
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