Friday, October 13, 2006

Os-as

“Por hipocresía llaman al negro moreno; trato a la usura; a la putería casa; al barbero sastre de barbas y al mozo de mulas gentilhombre del camino” (Quevedo).

Como una moda más, como las hamburguesas, las campañas antitabaco o llamarle brunch al tapeó, nos llegó desde los USA hace algún tiempo el “lenguaje políticamente correcto” o LPC.

Se atribuye este concepto a los movimientos de izquierda intelectual, que no política, de los campus de California y los lofts de New York. Dónde naciera o quiénes fueron sus primeros propulsores es lo de menos ahora, pues su extensión es casi universal -para el universo que nos ocupa: ese veinte por ciento de población bien acomodada que consume el ochenta por ciento de los recursos del planeta-, pero sus efectos son mundialmente adormecedores, como el opio.

Lo cierto es que aquí -en España- el “lenguaje políticamente correcto” fue recibido con no poca dosis de choteo. Tenía guasa eso de que los siete enanitos de Blancanieves se convirtieran en los “siete hombres de talla diferente”. Pero por la influencia de los medios de comunicación americanos y el que nadie que viviese de su imagen quisiera ser tachado de racista, xenófobo o simplemente desconsiderado con las minorías (y minorías somos todos, cada cual a su manera), y menos las empresas -muy sensibles a las presiones de los poderosos grupos de opinión-, quisieron arriesgarse a ser incluidas en el grupo de las “discriminatoria o racistas”, hizo que el uso de este lenguaje se multiplicase en todo tipo de publicación y mensajes. Ello propició una censura propia e impuesta que ha creado un lenguaje pretencioso y en ocasiones absurdo

Con lo políticamente correcto se dice lo que no se quiere decir directamente, por considerarse ofensivo o degradante. Es una perífrasis para ocultar lo evidente, creando una nueva denominación que anula a la existente y cambia la realidad. No es un eufemismo, como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” (RAE), es la intención deliberada de anular por negación lo que existe, es la expresión radical de una intención política de ocultar, creando una nueva realidad más “cómoda” y “limpia”… en definitiva aceptable. Que nos deje dormir. Lo triste de esta situación es que absurdos como llamar “invidente” a un ciego son ya moneda corriente, por más que la ONCE no haya cambiado su nombre a ONIE, y el cuponazo goce de magnífica salud.

Tras la pretendida buena intención de no ofender o usar peyorativamente denominaciones o expresiones se oculta un pensamiento totalitario, lo que es bien paradójico, y más viendo quienes son sus más ardientes defensores: la izquierda; ya que establece un sistema de censura previa al discurso, que no sólo lo hace en ocasiones petulante, sino, además, ininteligible para un ciudadano normal. Crea una forma de discurso aceptable que está tan hermanado con el “pensamiento único” que llama la atención que ello no se haya denunciado desde la misma izquierda, que tanto énfasis pone en criticar ese dirigismo intelectual del mensaje económico neoliberal de hoy.

Con razón, la derecha más conservadora ha podido en un tiempo récord incorporar a su discurso y con entusiasmo la corrección político-lingüística. Cambian el lenguaje y así se evitan tener que cambiar la realidad, que es más costoso.

Cuando escuchamos en la TV que se han ahogado en el Estrecho unos magrebíes o subsaharianos, todos entendemos que los que se han ahogado son moros y negros. Pero decirlo así no es políticamente correcto, no es fashion. Claro que si los magrebíes y subsaharianos hubieran sido detenidos -para su fortuna-, se les habría incoado un expediente de expulsión, y en tanto se les hubiera hacinado en un “campo de… ¿internamiento?” Somos muy mirados para cómo les llamamos pero un poco menos para cómo les tratamos. Nos preocupa mucho ser incorrectos y menos el goteo de muertes en el Estrecho.

Moros o negros, sustantivos que cada vez es más difícil usar sin que “te echen a los leones”. Los musulmanes filipinos del Frente Moro de Liberación no le hacen ascos al primer término, y un subsahariano como Senghor -premio nobel de literatura- acuñó el término la negritud-. Que curioso.

Y con los gitanos, ¿qué hacemos?… porque a los negros y moros ya los hemos clasificado, pero con los gitanos hasta ahora lo único que se nos ocurre es lo de etnia. "Minoría étnica" les decimos, que bonito. Ah, eso sí, que ni se acerquen por mi barrio y menos por el colegio mis hijos, que es que vienen de "familias desestructuradas" y entorpecen el aprendizaje de los payos.

En USA, los negros, gracias a los avances de lo políticamente correcto han “conquistado” el estatus de “afroamericanos” y los iberoamericanos son “latinos”, aunque en su vida hayan tenido, ni de lejos, que ver con la región italiana del Lazio. Eso sí, en las cárceles no han perdido su puesto de honor, ni en los “corredores de la muerte”. Son lo más selecto y nutrido del sistema penal norteamericano. Por el contrario los blancos siguen siendo blancos, y ricos; y no se tiene noticia de que vayan a ser rebautizados como "angloamericanos". Que bien está lo que está bien.

La sensibilidad del mundo rico hacia el resto se limita al lenguaje. Ya casi ni hablamos de extranjeros; los ricos son "ciudadanos comunitarios" y los pobres, "ciudadanos extracomunitarios". Los pobres son moros y se ahogan en el Estrecho, los ricos son árabes y se bañan en Marbella. Y si alguien piensa que esto es demagogia y es sólo cuestión de determinación del origen geográfico, que pruebe a llamar magrebí a un blanco y cristiano de Ceuta o escribirlo en prensa. Rápido se alzarán voces pidiendo la cabeza del antiespañol que pone en duda la unidad de la patria. Somos muy políticamente correctos, y al tiempo no menos racistas que si usáramos las palabras moros o negros como insultos, como un entrenador de fútbol cualquiera.

Una de las formas más curiosas del “lenguaje correcto” y que reviste especial importancia, al menos en nuestro país, es la toponimia. Si digo “Lleida”, en lugar de “Lérida” o “Vitoria-Gasteiz”, soy políticamente correcto; si digo sólo Vitoria o sólo Gasteiz corro el peligro, en según que ambientes, de ser tachado de españolazo o de filoterrorista.

Pero donde se riza el rizo del lenguaje políticamente correcto es en su variedad del “lenguaje no sexista”.

En pocas ocasiones una reivindicación tan justa se ha enfocado tan mal, cayendo en el ridículo o la extravagancia, confundiendo los objetivos y centrando el debate en anécdotas léxicas.

Para curarme en salud, que conste que estoy totalmente a favor de que el lenguaje no sea empleado peyorativamente; por ejemplo, que mujer pública quiera decir lo mismo que hombre público. Aunque también estoy a favor de que se puede decir que “Mengana es más putas que las gallinas” para ejemplificar el comportamiento de tanta famosilla en los salsa rosa de turno.

Parte la reivindicación feminista, del hecho cierto de que la presencia de la mujer ha sido ignorada u ocultada en la historia, de que se la ha relegado a favor de los hombres, de que su historia no se ha contado y cuando lo ha sido aparece como secundaria, apoyo o elemento menor del protagonista principal: el hombre.

Los ejemplos de esa postergación son innumerables. Basta leer cualquier manual de historia para ver la práctica ausencia de mención de mujeres en la política, arte, economía, ciencia, religión… Y de este hecho innegable, y de esa ocultación de la mujer en todos los campos se ha llegado, en un triple salto mortal, al lenguaje, al que se le define como sexista o machista. Emprendiéndose una activa campaña que pretende “feminizar” los sustantivos; como aquel “jóvenes y jóvenas” que nos ofreció Carmen Romero en las elecciones generales de 1986.

Razonan los defensores del lenguaje no sexista que como los hablantes, al menos los hombres, tienden a ser machistas, el lenguaje es, lógicamente, machista, ergo sexista. Es cierto que si hay una reunión con cinco hombres y diez mujeres, se dice “nosotros”. Pero esto es una cuestión de género léxico (no de sexo) en la que el masculino funciona como genero neutro.

Ciertamente el lenguaje, como elemento cultural e histórico y manifestación de un razonamiento o forma de pensar no es ajeno a las convenciones sociales.
Al respecto, Vygotski, neuropsicólogo ruso escribe que… “Aunque el pensamiento y el lenguaje tienen raíces genéticas diferentes el lenguaje va a convertirse en instrumento del pensamiento. Éste no es que simplemente se exprese en palabras, sino que existe a través de ellas”... “El pensamiento se realiza en la palabra. Ésta (la palabra), que surge como instrumento de comunicación social, se sumerge hasta convertirse en instrumento interno del pensamiento en el proceso de desarrollo”. Y Foucault matizaba que el orden del discurso es independiente pero no autónomo del orden de lo real. Quería decir que el lenguaje sigue sus propias reglas, que no son las de una correspondencia unívoca con la “realidad”, pero a su vez ésta determina al lenguaje y éste determina la realidad; de modo que decir es hacer, o una forma particular de hacer. Lo que nos llevaría a concluir que “el decir”, el cómo “decir” -acto volitivo del hablante-, es lo que es sexista, pero no el lenguaje.

Contra esa situación se quiere equilibrar el lenguaje con el uso de sintagmas como “las niñas y los niños”, “los profesores y las profesoras”, “los padres y las madres”. Y en el colmo de la creatividad no sexista del lenguaje, el uso de la arroba: “vasc@s” incluiría a “vascos y vascas” que diría Ibarretxe. Y es que la ñoñería resbala más que un chorizo en un plato de loza.

Con la pretensión de evitar el lenguaje sexista se está creando una forma de hablar pretenciosa y a trompicones con esos “compañeros y compañeras”, los “trabajadores y las trabajadoras", “vecinos y vecinas”, “todos y todas” que hace de la fluidez del discurso un recuerdo, y que indica el profundo desconocimiento de las normas que hacen que un idioma sea algo coherente e inteligible, y que si bien es admisible en el inicio como fórmula de cortesía, se hace inaguantable cuando aparece cada dos por tres en el discurso o en el escrito. Como cuando el 2 de marzo de 1996 Julio Anguita, en un discurso electoral dijo: "Compañeros y compañeras: el proyecto que defendemos nosotros y nosotras…".

Las palabras no tienen sexo, tienen género, al menos en el castellano, y en los demás idiomas derivados del latín o en el alemán, no así en el inglés. Y los géneros son tres: masculino, femenino y neutro, que no tienen una relación de correspondencia con los sexos masculino y femenino o el hermafroditismo.
Por un mal enfoque de este uso del lenguaje se ha caído en situaciones ridículas cuando no absurdas, en lugar de usar el lenguaje con propiedad, empleando el artículo en femenino cuando correspondía se ha extendido la “feminización” a las terminaciones, venga o no a cuento y en contra de todo el proceso de construcción gramatical; véase si no lo que ocurre con el verbo amar. Quien ama será un o una amante. La mujer que preside una asociación de mujeres es la Presidente de la asociación. Lo contrario conduciría a decir, por ejemplo, que en las reuniones la "presidenta" da el turno de palabra a las "asistentas", término que tiene otro significado, y que en este caso puede indicar menosprecio de las participantes en la reunión. A veces sí el género identifica una diferencia de sexo (padre y madre, gato y gata), pero no en "caracol", que es de género masculino y un animal hermafrodita; ni en "hormiga", que es de género femenino y se puede referir tanto al macho como a la hembra. Por eso, puedo decir de mí mismo que “soy una persona” y de una mujer que es un “ser humano” sin que por ello halla que suponer un caso transexualidad. Recordemos el chiste de Mingote: "El retrato de esta jueza lo ha pintado este artisto".

Puedo emplear dos expresiones sinónimas pero de distinto género (la humanidad, el género humano) para referirme a un mismo hecho sin que haya ningún matiz sexista por emplear una u otra. También puedo emplear palabras como manzano y manzana, sin que la diferencia de género implique una diferenciación sexual, sino la distinción entre la planta y su fruto; puedo decir cubo y cuba, o zapato y zapata, para referirme a cosas distintas que tampoco tienen nada que ver con diferencias sexuales.

El que empleemos el genérico “los padres” para referirnos a padres y madres es una convención, pero no es necesariamente sexista. La exagerada creencia de que el lenguaje es sexista ha llevado a atribuir sexo masculino a palabras neutras para poder inventarle un equivalente femenino. La suposición de que cualquier vocablo que denote poder o superioridad jerárquica, o que tradicionalmente haya sido una actividad masculina, tiene género masculino es uno de los errores más extendidos en una mal enfocada reivindicación de no discriminación.

¿Quién dio por supuesto que presidente es masculino? Quizás alguien que cree que también lo es gerente, agente o excelente, palabras con la misma terminación. Que presidente sea masculino y requiera la contraposición de “presidenta”, es una idea de alguien que debe pensar que “pez” es masculino y debe contraponer "la peza".

Algunas propuestas han ido por el camino de usar expresiones neutras y globalizadoras que quiten al masculino su uso como genérico, y si bien esto es admisible en bastantes ocasiones, en otras puede suponer una alteración del mismo hecho histórico; por ejemplo, la Revolución Francesa declara “Los Derechos del Hombre” y no los “Derechos Humanos”, concepto que no está en el espíritu de la época, por lo que modificar esa definición en un texto no es un acto de reivindicación del lenguaje no sexista, sino simple ignorancia.
En otras ocasiones el uso puede empobrecer el texto, pues si es admisible emplear la palabra “adolescentes” o “adolescencia” en un texto, el propio ritmo narrativo y la evitación de la cacofonía puede hacer aconsejable emplear la palabra chicos o chicas o jóvenes, sin que ello signifique sexismo en el autor o en las conclusiones de su trabajo.

Uno de los campos donde más hincapié hacen los defensores (perdón, defensoras) del lenguaje no sexista es en el de las denominaciones de las profesiones, arguyendo que aquellas de más prestigio son claramente masculinas en su nombre: médico, abogado, ingeniero… pero olvidan economista, periodista, artista. Y si entramos a las especialidades de algunas de ellas nos encontramos con que ginecólogo es masculina, pero obstreta es femenino, el puericultor es masculina, pero la actividad, la puericultura es femenina. Y así seguiríamos hasta aburrir.

Se dice que “señorita” y “señora” son dos usos sexistas del lenguaje, pues indican una discrimina por el estado civil -y tienen razón- y que para el hombre sólo se emplea “señor”, lo que no es cierto, pues también se usa “señorito” y con un sentido más infamante que “señorita”, que además está en franco desuso.

En la lucha por sus derechos, las mujeres se han propuesto modificar deliberadamente el lenguaje: y ahí se equivocan. "Podemos encontrar nuevas palabras (dice una de ellas) para una sociedad más equitativa, en la que tanto las mujeres como los hombres puedan hablar libremente, una sociedad cuyas reglas lingüísticas las hagan las mujeres, tanto como los hombres." Claro que se pueden encontrar nuevas palabras “…el uso es la única causa que hace que las palabras sean buenas, verdaderas, legítimas, palabras de una lengua”, explicaba Manzzoni; pero, ¿con eso se gana algo? Yo, lo dudo.

En ese empeño varios ayuntamientos e instituciones públicas han propuesto manuales de lenguaje no sexista, como el navarro de Burlada que ha editado una ordenanza en la que se prima con un 5 % el uso de lenguaje no sexista en las convocatorias de puestos de trabajo y en los contratos de gestión indirecta de servicios públicos.

Otros, como el Ayuntamiento de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) han editado un “Manual para el uso administrativo de lenguaje no sexista”. Una vez más se olvida algo elemental en este manual, que hay sustantivos de cosas sin sexo que lleven el género masculino, femenino o neutro, según haya sido la evolución histórica del término sin que por ello se les deba atribuir a esos sustantivos machismo o feminismo intencionado.

Dice este manual que: “en castellano no hay sustantivos neutros”. ¿Y lo ñoño, lo cursi? En esto del lenguaje no sexista, tonterías: las mínimas. Y nótese que “tonterías” y “mínimas” son voces femeninas y su uso en neutro.

No estaría de más que algunos repasaran alguna gramática general y recordaran que en castellano los géneros no implican necesariamente sexo. No se juntan los puertos con las puertas y tienen puertecitos y puertecitas. Que no hay dos géneros, sino tres: masculino, femenino y neutro.

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