El Estatut
Escrito en octubre de 2005 a un votante de ERCEstimado Eduard:
Me pasa Sonia un correo tuyo en el que le preguntas qué se piensa en Madrid del Estatuto catalán y por extensión, entiendo, que de Cataluña y los catalanes en general. Y noto en tu correo cierta preocupación sobre cómo acabará “esto”, maliciándote que nada bueno puede salir de tanto enconamiento y descalificaciones de los unos hacia los otros y viceversa; y como muestra: un botón, en la forma de la presentación que anexas al correo.
No nos conocemos personalmente y a lo mejor te parece un atrevimiento que te conteste a algo que no me has preguntado, pero como Sonia me anima a ello pues me pongo a la tarea, y si en algún momento te parece muy rollo lo que te cuento, pues con borrar el correo asunto arreglado.
Empezaré comentando la presentación que remites, que no tiene desperdicio, para pasar al proyecto de Estatuto.
De entrada te aviso que no soy un intelectual, por lo que mi opinón está sujeta a tanta distorsión e ignorancia como la de cualquiera, ni sé si lo que pienso del Estatuto es lo que piensan la mayoría de “los madrileños” (esa especie ominosa que odia a los catalanes), por lo que puede que no te sea de ayuda conocer mi opinión para cumplir con tu deseo de tener una idea de qué se dice por Madrid del Estatuto.
Como tampoco soy jurista ni entiendo de derecho constitucional mi opinión sobre el Estatuto es sólo la del ciudadano que se lo ha leído y no habla de oídas de lo que dicen que dice el Estatuto, lo cual ya es mucho para estos tiempos en que se pontifica sobre la unidad, la nación, la patria desgarrada y las sacrosantas identidades históricas a cuenta del dichoso Estatuto.
Al llegar a este último párrafo es posible que te hayas preguntado, pues si no es un intelectual ni un experto en nada, para que leches me cuenta sus batallitas, pero es que, Eduard, me estoy hablando encima, y te ha tocado. Lo siento.
Bueno, vamos allá: la presentación. Joder, mira que es mala. Siempre me ha parecido sospechoso ese estilo recargado de colores que adoptan este tipo de “documentos denuncia”, esa falta de buen gusto y cuidado en la ortografía, ese recargamiento fallero en tipologías de letras. Esos fondos como cortinas de mesón de carreteras son la más clara tarjeta de visita de la pobreza mental de sus autores. Tanto barroquismo en la presentación anuncia la torpe elaboración de los contenidos. En varios momentos de la caótica disertación no se sabe si el hablante es el autodenominado “hijo de emigrante”, el pérfido español o el catalán ofendido. Es un pastiche de muy pobre factura, peores razonamientos y conclusiones de forofo fútbolero. Con estos mimbres se hacen los cestos del nacionalismo; el de unos y el de otros.
Bastaría con cambiar los sujetos de español a catalán para que la presentación sirviera para “ilustrar” el por qué de tanto odio hacia España. Y es que la estupidez es reversible, como los calcetines.
La sarta de topicazos es tan vieja que da vergüenza ajena el verlos. Parece mentira que todavía tengan vigencia esa serie de lugares comunes del catalán tacaño, del español envidioso del industrioso catalán... ¡Que poco han aprendido algunos de adónde conducen esas aseveraciones dichas como verdades absolutas!
Con ocasión de un viaje de trabajo estuve en Barcelona en las fiestas de la Mercè y por la noche salí con unos compañeros a ver las fiestas. Cerca de la catedral se encontró un compañero con unos amigos y les saludó, hablaban en catalán, lógicamente; luego pasó al castellano y me presentó “aquí un compañero de Madrid” y antes de que yo pudiera decir nada uno de ellos me espetó “ya ves, aquí estamos, tomando unas cervezas que traemos de casa, lo hacemos por ahorrar y no gastar en un bar, ya sabes como somos los catalanes de agarrados...” no dije ni pío. Por qué tenía que dar por hecho ese memo que por ser de Madrid tenía que pensar que todos los catalanes son unos tacaños.
Otra anécdota y es hasta graciosa. En una comida de empresa me senté junto al jefe de personal de nuestra fábrica en Barcelona, y hablando de los actos culturales en una y otra ciudad le comenté que el culmen del esnobismo paleto de Madrid había sido en los “Otoños de la Villa”, cuando una compañía teatral había representado Macbeth en polaco y la gente la había aplaudido con fervor. Él, muy ofendido, me contestó que en Barcelona si la obra era buena y gustaba también se aplaudía aunque fuera en castellano. Al punto no entendí nada, e inmediatamente caí en la cuenta de que creía que me refería al idioma catalán de forma despectiva. Desistí de explicarle nada y cambié de conversación. Y era cierto. Una compañía polaca, de Varsovia, había participado en los festivales de otoño y representado en polaco sus repertorio de Shakespeare. Éste compañero había supuesto automáticamente que por ser de Madrid yo tendría que ser tan maleducado como para ofenderle y llamar polaco al catalán; como si fuese lo que hay que esperar de los madrileños cuando se refieren a Cataluña.
Sólo estoy de acuerdo con dos cosas de la presentación; la primera, es en el rédito electoral que sacan los politicastros de ello: los españolistas y los catalanistas. Hoy es Acebes o Rajoy o Bono o Carod o Mas los que sacan partido a esa defensa ultramontana de esencias patrias; ayer eran Pujol o Arzallus o Aznar. Con razón pudo decir Anguita de Pujol que se comportaba como Franco cuando se envolvía en la Senyera para tapar sus verguenzas en el caso de Banca Catalana; la segunda, en que el valenciano y el catalán son el mismo idioma, como lo es el mallorquín.
Hacer del uso del idioma un motivo de pelea me parece uno de los comportamientos más ridículos que se pueden tener. Te comentaré a este respecto algunas anécdotas que rozan el esperpento.
En cierta ocasión fuímos Sonia y yo a dar un curso en Orense, en la delegación de la Cruz Roja. El grupo era de trabajadores sociales y educadores, todos muy jóvenes. En el grupo había un tipo que se pasó los días hablándonos en gallego. El resto del grupo le miraba y nos miraban a nosotros esperando nuestra reacción, no le hicimos ni caso y le respondíamos educadamente en lo único que podíamos hacerlo: en castellano. No era un campesino sin estudios, ni una persona que no supiera castellano, era, simplemente, un gilipollas que “afirmaba” su identidad ante los “opresores españoles”. Ridículo.
Otra anécdota. Un amigo, profesor de historia económica en la universidad de Alcalá de Henares, fue a un congreso internacional de historiadores en Tarragona a principios de los ochenta. Me contaba que había un profesor de Tarragona que cuando intervenía lo hacía en catalán y se negaba a hablar en español, y el problema estaba en que la organización del congreso había previsto traducción simultánea español-inglés para los invitados de otros países, pero no catalán-inglés. Finalmente y por la buena voluntad de los traductores, que eran catalanes, y con la ayuda de otros profesores se pudo hacer la traducción en directo cuando este hombre intervenía. Absurdo.
Lo cierto es que con las campañas que la derecha españolista y catalanista están dispuestas a hacer para sacar tajada, vamos a dar por buena aquella humorada de Vázquez Montalbán que, refiriéndose al complejo de perseguido que tienen algunos catalanes respecto al resto de españoles, decía que “lo peor que le puede pasar a un paranoico es que le persigan de verdad”.
Por último, señalar que hay una manifiestad falsedad en la presentacióm cuando afirma que ni en El País Vasco ni en Cataluña se aprobó la Constitución de 1978. Es mentira. Hubo una importante abstención, pero restarle legitimidad a su aprobación es lo mismo que decir que los gobiernos de Pujol o de Maragall no son representativos en sus funciones porque la participación en las elecciones autonómicas es siempre menor que en la generales. Y que curioso que pongan al PP, entonces AP, como apoyo en esa falsa afirmación. Los extremos se tocan.
Una vez comentada la presentación, veamos qué pasa con el Estatuto.
Lo primero que hay que decir del mismo es el amplio acuerdo con que se presenta a su aprobación por las Cortes Generales. Que un noventa por ciento de la cámara catalana lo votara favorablemente es una cuestión a tener en cuenta como ejemplo de consenso político en la Comunidad. Que se hayan respetado los trámites para su confección y sea un texto tan ampliamente apoyado es un punto a su favor, con independencia de que se esté de acuerdo o no con su articulado. Este amplio acuerdo le está pasando factura a las imprudentes palabras de Rodríguez Zapatero, pero me malicio el que él no se esperaba un texto de estas características, ni que Maragall fuese su valedor como presidente de la Generalidad. Maragall pertenece a ese grupo de familias de la burguesia barcelonesa que pone una vela a dios y otra al diablo, tienen un pie en CiU y otro en el PSC; así, sople de donde sople el viento siempre están a buen resguardo.
Este acuerdo y respeto a los procedimientos aleja al Estatuto catalán de la situación con que se presentó el vasco ante las Cortes. Al catalán hay que aplicarle los procedimientos que la Constitución indica, el vasco no había por donde cogerlo.
Y este punto es de especial relevancia, pues la capacidad de enmienda de las Cortes Generales pudiera estar limitada, pues la Constitución española ha previsto en su artículo 151.2 que en la tramitación en el Congreso de los Diputados estén presentes una delegación de la Asamblea de parlamentarios territoriales que presentan el proyecto y los miembros del Congreso, para negociar e introducir las modificaciones que se acuerden antes de pasar al Pleno del Congreso y luego al Senado. De donde se deduce que la amenaza de Carod de que no se iba ni a tocar una coma sea más una baladronada que una opción política real, pues se supone que si te integras en una comisión negociadora es para aceptar acuerdos que no coincidan al cien por cien con tus primeras posturas, pues de lo contrario la alternativa es “echarte al monte”; de ahí que esos comentarios que hizo Puigcercós de “guerra civil” si no se aprobaba tal y como se presentaba el texto del Estatuto sean improcedentes con el espiritu de amplio acuerdo y respeto de las normas que ha presidido la confección del Estatuto.
Una peculiaridad de las Autonomías que se aprobaron por la vía del artículo 151 de la Constitución Española fue que cualquier cambio posterior no quedaba al arbitrio de una de las partes (Estado o Autonomía), sino que se debía hacer de mutuo acuerdo y por la promulgación final de una Ley orgánica. Por lo que la acusación de “blindaje” que se le quiere hacer al actual texto del Estatuto catalán es demagógica, pues ya estaba en el origen del de Sau de 1979 y en la propia Constitución Española de 1978 en el artículo 147.3 que establecía que la reforma de los Estatutos se hiciera en los términos que en los mismos se estableciesen.
Luego, hoy, para reformarse el actual Estatuto catalán se exigen tres requisitos: primero, la aprobación por el Parlamento de la propuesta de reforma por mayoría de los dos tercios (que ya se ha hecho); segundo, la aprobación por las Cortes Generales de la propuesta de reforma mediante Ley orgánica (momento en el que estamos); y, tercero, que se apruebe en referéndum la propuesta de reforma (que Maragall anuncia para el verano de 2006).
En el primer paso se han dado acuerdos y cesiones del PSC ante las exigencias de ERC y a éste le ha desbordado CiU en su pugna por recuperar la antorcha de las esencias catalanistas. Entonces, ¿por qué la negativa de CiU y ERC a negociar (cambiar) algo del texto en su segundo paso, si tenemos en cuenta que estarán en la comisión negociadora que venga del Parlamento catalán, y en el propio Congreso hay parlamentarios de CiU y de ERC? Pues porque el planteamiento de ambos partidos es el de saltarse el paso segundo, y convertirlo en un trámite administrativo en el que se niege a una de la partes -el Estado- su derecho, consensuado con la otra parte, de intervenir en pie de igualdad. Le quieren decir al Estado que no tiene legitimidad para intervenir en lo que apruebe en el Parlamento catalán, rompiendo así, unilateralmente el acuerdo de todos plasmado en la Constitución Española de 1978 y en el Estatuto de Sau de 1979 en su artículo 56. Si bien este artículo, muy mal redactado, establece que sólo se puede presentar a referendum de los catalanes el texto original que se aprobó en su momento en el Parlamento Catalán, no el que se haya aprobado en la negociación en las Cortes Generales. Es una chapuza legisaltiva que tendrán que salvar Parlamento y Cortes para sacar adelante el Estatuto, pues si se mantuviera la puridad de lo redactado se llegaría a un punto muerto.
En cualquier caso, constitucionalistas y demás juristas y políticos tienen asegurada con este punto una prolija discusión.
Otra cuestión es si es necesario reformar el Estatuto o basta con completar las transferencias y cerrar asuntos no suficientemente claros en la Ley de costas, protección medio-ambiental, participación en instituciones supranacionales y otras. Porque yo dudo mucho que hubiera una “demanda popular” en Cataluña o en Valencia o donde fuera, para redactar nuevos Estatutos y meterse en el berenjenal político de su aprobación en cámara autonómica, luego en las Cortes y finalmente en referendum. Más estoy porque esta avalancha de redacción de nuevos estatutos está en el interés de los caciques locales por afianzar sus cuotas de poder ante la administración central, pero sobre todo ante los comités de sus respectivos partidos, como es el caso de Camps en Valencia, de Chaves en Andalucía, de Matas en Mallorca, y en el caso de los partidos nacionallocalistas ante la parroquia como Mas o Carod en Cataluña o Ibarretxe en el País Vasco.
Esta alocada carrera por la reforma estatutaria se abrió con motivo de las elecciones de marzo de 2004, en el que todos los partidos se apuntaron al “y yo más”.
En el caso catalán se acuño la expresión de que “Cataluña no estaba cómoda con el Estatuto” y necesitaba otro marco de relaciones con el Estado. Todos, empezando por CiU y ERC y siguiendo por PSC-PSOE, ICV-IU y PP dieron por buena esa idea y la incorporaron en sus programas electorales. Ya sólo importaba quién iba a pedir más competencias y a plantear quién estaría en mejor situación para negociar; si el PSC por estar ya en el gobierno y un PSOE en la Moncloa era mejor que un PP; CiU por si lograba mitigar su expulsión del palacio de Sant Jaume; o ERC por tener el apoyo del tripartito y jugar con la ventaja de la presión al PSC en el Parlamento catalán.
Mi opinión es que a la inmensa mayoría de los ciudadanos lo que les preocupaba era si el precio de la vivienda iba a dejar de subir, si para hacer una prueba diagnóstica tendrían que esperar diez meses o si encontrarían plaza en una escuela infantil pública o si la amenaza de que su empresa cerrase y se fuera a Eslovaquia se hiciera realidad. Lo que a los ciudadanos les preocupaba y preocupa es que sus impuestos no se conviertan humo en administraciones que derrochan en televiones de partido como TV3 o Telemadrid o Canal Sur o si sus representantes tienen claro que el dinero público es sagrado y no está para llenar las arcas particulares de constructores o de amiguetes con comisiones del tres por ciento.
Por la torpe reacción de la derecha españolista ante el proyecto de Estatuto aprobado por el Parlamento Catalán, se ha conseguido que la indiferencia de la ciudadania catalana se cambie a una defensa cerrada del mismo; se reedite toda la parafernalia fascistoide del enemigo interior que tanto juego le da a Rajoy-Acebes-Zaplana y a Carod-Mas.
La descalificación que emisoras como la COPE o periódicos como La Razón o El Mundo o ABC hacen del Estatuto crean la reacción contraria en Cataluña y el juego de “ellos-nosotros” se vuelve a poner encima de la mesa acompañado de todos los tópicos y tergiversaciones de la historia reciente y pasada que haga falta.
Los intransigentes españolistas señalan los muchos defectos del Estuto y le acusan de antiespañol, y se apresuran a descalificar el trabajo hecho por el Parlamento catalán, olvidando que éste es Estado Español también (art. 3 del Estatuto) y sus miembros representantes del pueblo elegidos de acuerdo a leyes recogidas en el ordenamiento español general. Podrá no gustar el texto, pero está fuera de lugar descalificarlo globalmente y con él a sus proponentes. Falta en la derecha española respeto al adversario y capacidad de diálogo. Claro, que no ayuda mucho las declaraciones de Carod diciendo que este era el primer paso para llegar al Estado Catalán.
A mí, la primera impresión que me ha causado la lectura del Estatuto, y desde el mismo preámbulo, es que el documento tiene aires preconstituyentes. Que sus redactores lo han articulado como una Constitución en ciernes; de momento en sordina, pero con la intención de dejar un armazón lo suficientemente sólido como para constituirse en Estado libre, comprometido o amancebado con España. La prolija redacción, la excesiva extensión de su articulado, el detalle reglamentista de alguno de sus apartados indica una intencionalidad, que en mi opinión es, la de marcar distancias con el Estado y establecer una relación bilateral de tú a tú.
El preámbulo es una declaración prosopopéyica de un anticuado nacionalismo esencialista con menciones a héroes y mártires de la derrota de 1714, que si fuera trasvasado a su vertiente españolista hablaría de Viriato y de don Pelayo.
Que Cataluña se defina como nación (preámbulo, art. 1 y 5) o como archipielago me da igual. La propia Constitución de 1978 es equívoca en el concepto de nación, pues habla de "el pueblo español" de los "pueblos de España"; de la "nación indisoluble" y de las "nacionalidades y regiones". Más ambigüedades, imposible. Que Cataluña se “siente cómoda” llamándose nación, pues que se lo llame. Esa no es mi pelea. Mi pelea está en si los acuerdos plasmados en la Constitución de 1978, el Estatuto de 1979 y transferencias de competencias se han hecho en beneficio de los ciudadanos y estos han mejorado su calidad de vida, no en si se sienten más catalanes que españoles, más españoles que catalanes o por igual. Eso lo dejo para el imaginario de la sacristia nacionalista.
El preámbulo olvida mencionar que el espiritu federalista de Pi i Margall, Figueras o Salmerón era el que integraba y comprometía a todos con todo: catalanes/españoles con España/Cataluña de forma íntima y solidaria. El preámbulo prefiere saltar de 1714 a la “Mancomunidad de 1914”, dejando en el camino a la primera República, a “La Gloriosa”. Prefiere ahondar en lo identitario como diferenciador que en lo unitario por solidario.
Otro punto que produce urticaria a la derecha españolista es lo de la “Administración única” que propone con motivo del Título III sobre el poder judicial o del Título IV sobre las competencias -que es innecesariamente puntilloso-, pero resulta que está en la línea de lo que Manuel Fraga propuso a finales de los ochenta, sin que a los miembros del PP se les ocurriera llevarle la contraria.
Otro que causa irritación a la derecha es el Título VI, sobre la financiación, pero fue el PP el que cedió en 1996 el 30 % del IRPF a las Autonomías, que hasta esa fecha estaba en el 15 %.
Me parece que la propuesta catalana de financiación autonómica puede encajar sin problemas en la Constitución de 1978, pues en ella sólo se enumeran algunos criterios sobre Hacienda, general y autonómicas en los artículos 2 (solidaridad); impone que la política económica persiga una distribución "más equitativa" de la renta en el artículo 40; atribuye al Estado la potestad de establecer los impuestos (art.133) y el deber de garantizar el "equilibrio" interterritorial evitando "privilegios" (art.138) o establece la igualdad de derechos y excluye los obstáculos a la libre circulación económica (art. 139); y atribuye al Gobierno la competencia exclusiva sobre "Hacienda general y deuda del Estado" (art. 149). Pero como ya hay precedentes de cesión del 15 % y luego del 30 %, ¿por qué no iba a ser posible una cesión compartida en una agencia tributaria única y cogestionada?, ya que la propia Constitución establece la "autonomía financiera" de las autonomías, a las que se habilita para colaborar con el Estado en la recaudación (art. 156).
La dificultad está en la desconfianza que despiertan algunas declaraciones de políticos catalanes sobre lo mucho que paga Cataluña y lo poco que recibe y su déficit, cuando se les podría decir que el déficit es en buena medida responsabilidad propia por la mala gestión que realizan.
Que la administración catalana recaude y luego traspase a la central lo acordado no debería ser motivo de discusión esencialista, sí el modo de gestionar esa recaudación y los porcentajes y su establecimiento. Al fin y al cabo en la Constitución se establecen cinco espacios fiscales: el común, los dos forales, el canario y el de Ceuta y Melilla. ¿Por qué no podría existir un sexto? La Constitución habla de “espacio común” no de un “espacio único”. Otra cosa es que sea aconsejable tanta casuística fiscal y fuese más racional ir a armonizar todo y eliminar resabios de origen feudal como el vasco o el navarro. Y más cuando la propia Unión Europea puede ir marcando pautas en ese sentido a todos sus miembros.
Lo que me preocupa del proyecto es que habla de que debe existir un criterio de igualdad de servicios a igual esfuerzo fiscal, en el sentido de que lo desarrollado en los artículos 210 y 214 llevan a un razonamiento circular, por el que al final la comunidad catalana se resrva el derecho último de decidir su aportación a los fondos de solidaridad interregional. (te envío el texto completo para que leas la farrogosa explicación del mecanismo propuesto). Con razón ha podido decir Huguet, consejero de ERC en el tripartito, que el sistema propuesto es "un cupo encubierto" al estilo del vasco.
Creo que el dramatismo de algunas reacciones ante estas propuestas, al hablar de la "desmembración del Estado"; o de esquema "insolidario" que "incrementará las desigualdades" son viejas y han sido dichas primero por Rodríguez Ibarra, en agosto de 1992 , justo antes de la cesión del 15% del IRPF y luego repetidas por el PP, olvidando que ellos cedieron el 30 %, y ahora lo critican con la única intención de atacar al gobierno socialista en la Moncloa y en Sant Jaume.
Hoy, con la pertenencia a la Unión Europea, el Estado nacional tiene cada día menos competencias exclusivas. La aduana, la moneda, el medioambiente... se legislan en Bruselas y a España, como a Italia o Suecia sólo les queda el cómo la aplican; por ello, la pretensión de exclusividad que se quiere arrogar el futuro Estatuto me suena ridícula e impropia de una sociedad moderna e integrada en Europa. Más parece la necesidad de un viejo aristocrata por afirmar su limpieza de sangre y rancio abolengo ante el resto del mundo.
Más racional sería que la organización del Estado fuese por cuencas hidrográficas, que en la gestión del agua se juega el futuro de las comunidades naturales que conforman una cuenca fluvial y no en pasados míticos de héroes con mirada de velocidad histórica. Como dijo Joaquín Costa hace más de cien años, deberíamos preocuparnos más por la escuela y la despensa, y echarle siete llaves al sepulcro del Cid.

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