Ratzinger en Ratisbona
Recientemente el Papa ha expuesto algunas de sus ideas sobre la razón y la fe en la universidad de Ratisbona, de donde fue profesor y vicerrector. El tema es académico y sujeto a estudio, como cualquier campo humano, y nada más humano que la RAZÓN y su antónimo la FE.Pero Ratzinger, que no tiene el glamour de su predecesor, tira con bala y buen ojo; y pudiendo ilustrar la dicotomía razón-fe con ejemplos históricos más cercanos se nos va al siglo XIII para sacar a colación al coco del occidente de hoy: los musulmanes. Y tira con tan buen ojo, que logra molestar a todos. A los musulmanes -que tiene la piel especialmente sensible a cualquier mención por un infiel de su religión-; a los gobiernos occidentales -que se alborotan por lo que puede suponerles de complicaciones con sus respectivas poblaciones islámicas-; a la progresía izquierdosa –porque abjurando de su defensa a ultranza de la libertad de expresión, piden moderación al Papa y le critican por mentar la soga en casa del ahorcado-. Y eso tiene mérito, para que negarlo, porque molestando a todos logra que todos miren con más miedo a oriente y se crean que el cristianismo es una alternativa racional. Pero qué es lo que ha dicho realmente el Papa. Vamos a ello.
Lo primero que habría que decir de cualquier discurso, y más de los dichos en las aulas de una universidad, es que se les supone el nivel intelectual suficiente para no desmerecer del marco, y que a todos ellos se les reconoce, como no podría ser de otra manera, el beneficio de la “libertad de cátedra”.
Y una vez dadas estas dos premisas hay que reconocer que el discurso del Papa es intelectualmente sólido, bien construido y documentado. Y de no ser por la mención a la polémica entre el emperador bizantino Manuel Paleólogo II y un erudito persa de nombre desconocido habría pasado desapercibido para la mayoría. Pero fue la referencia a esta “discusión bizantina” y las reacciones de los más fanáticos en el mundo musulmán los que le han dado una dimensión inesperada.
El título “Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones” no es como para convertirse en un “best seller” sino se aúpa en el escándalo, como le ocurre a tantas y tantas mediocres obras de teatro, cine o literatura; y no es el caso, pues el discurso del Papa es bueno, no para encuadernarlo en piel y cantos dorados, pero no es la disertación de un cura con más fe que ilustración. Y Ratzinger es un buen polemista y erudito conocedor de la filosofía e historia; lo que no quita para que, arrimando el ascua a su sardina, incurra en interpretaciones sesgadas, como no puede ser de otra manera, por su creencia y puesto al frente de la ICAR. Pero el que esté libre de “pecado” que tire la primera piedra.
Lo primero que establece el Papa en su discurso es “la común responsabilidad por el recto uso de la razón” que corresponde a la universidad como “un trabajo que necesariamente forma parte del «todo» de la «universitas scientiarum»”. Es decir, que el Papa deja claro que LA RAZÓN es algo intrínseco a la Universidad y ésta estaba plenamente legitimada para que en “el conjunto de la universidad (siga) siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición de la fe cristiana.” ¿Acaso no es coherente que un antiguo profesor universitario y virrector y hoy Papa mantenga estas posturas? A mí me parece que sí. ¿Acaso no existen las facultades de Teología en decenas de universidades europeas? Luego, por qué extrañarse de que el máximo representante de una de las religiones más influyentes defienda que el campo FE y RAZÓN puedan convivir en el mismo espacio. Otra cosa es que él de preeminencia a la FE sobre la RAZÓN y que encuentre que esta última sólo se desarrolle en su grado máximo cuando coincida con la FE y, ahí, él como máximo augur determine qué es y qué no es admisible por la RAZÓN, extendiendo certificados de RAZÓN HUMANISTA o RAZÓN CONTRA NATURA.
Y aquí es donde surge la polémica en tan docta y soporífera intervención, pues saca a relucir la discusión en 1391 entre el emperador bizantino y un erudito persa sobre uno de sus coloquios, el séptimo, cuando tocan el asunto de la “yihad” (guerra santa). Tema que para Manuel II estaba muy cercano, pues su imperio se derrumba cada día un poco más ante el empuje de los turcos. Las palabras textuales de Benedicto XVI fueron:”Seguramente el Emperador sabía que en la sura 2, 256, está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de la fe». Es una de las suras del período inicial, en la que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los«incrédulos», de manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».”
Y estas son las palabras que tanta polémica han creado y tan buenos réditos ha proporcionado a Benedicto XVI, pues por oposición a las amenazas de los fundamentalistas se han cerrado filas en occidente con la ICAR. Es cierto que a el Papa le ha faltado la altura intelectual o la finura política para cerrar esta parte de su exposición entonando un discreto mea culpa por las ocasiones en que los cruzados actuaron de la misma manera en que Manuel II criticaba a los musulmanes o por las ocasiones en que la Iglesia convencía con la RAZÓN de la hoguera a sus disidentes internos. Pero, bueno, si ha tardado 300 años en medio disculparse ante los huesos de Galileo, no vamos a esperar que se haga el “harakiri” en un discurso académico. Plantea el Papa si “actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios” y me parece una curiosa reflexión viniendo de un teócrata. Pero él lo resuelve en una perífrasis concluyendo que la RAZÓN es Dios. Y yo estoy de acuerdo.
Identifica el Papa a Dios con el “logos” (la palabra, en griego) para ilustrar el profundo sentido “racional” que tendría al FE para el cristianismo y cómo la racionalidad del sistema filosófico griego impregna el desarrollo del cristianismo en Europa. Lo que desde mi punto de vista es una afirmación bien peligrosa para los planteamientos de la propia Iglesia al reclamar que el origen de Europa no se entiende sin el cristianismo, y que por ello debía figurar en la introducción de la Constitución Europea, pues se le puede contra-argumentar que en cualquier caso el cristianismo europeo sería un destilado helenístico, tras haber pasado por un tamiz anterior y superior al cristianismo: la filosofía materialista griega. Otras partes del discurso se pierden en la voluntad de Dios para hacer o deshacer lo que considere mejor, en un juego de citas que ninguna luz aportan al discurso de porqué, en opinión del Papa, la Fe y la Razón no están en contraposición. Continúa argumentando que “sólo la certeza que resulta de la sinergia entre matemática y empirismo puede ser considerada como científica. Lo que quiere ser científico tiene que confrontarse con este criterio. (). Para nuestra reflexión, es importante constatar que el método como tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema acientífico o pre-científico. Pero así nos encontramos ante la reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que necesita ser cuestionada.”. ¿Reducción? ¿Por qué?
Es aquí donde el pensamiento reduccionista del Papa nos quiere embaucar tras hacernos creer que la Razón es algo consustancial a la Fe y al cristianismo. Si la Razón es el método científico, dejemos que éste abra o cierre los caminos de investigación y conocimiento, y si en esos caminos sólo se encuentra con la Fe pero no con Dios, pues concluyamos que a la fecha no hay ninguna certificación de que una entidad denominada Dios exista per se y que sólo se encuentra a gente que cree en ello firmemente pero son incapaces de demostrarlo empleando el método universal de la ciencia. De modo que cuando los creyentes tengan algo más sólido que las cinco vías de santo Tomás de Aquino o la remozada del Diseño inteligente, que vuelvan y hablamos.
Se encierra el Papa en un discurso ya claramente acientífico, cuando señala que “cualquier intento de la teología por mantener desde este punto de vista un carácter de disciplina «científica» no dejaría del cristianismo más que un miserable fragmento. Pero tenemos que decir más: si la ciencia en su conjunto no es más que esto, el hombre acabaría quedando reducido.” El viejo tópico de que el “malvado materialismo científico” empobrece a la humanidad; y sigue como en un mal chiste: “De hecho, los interrogantes propiamente humanos, es decir, «de dónde» y «hacia dónde»,” y qué hacemos esta noche, añado yo, dejan al pobre ser humano sin “lugar en el espacio de la razón común”. Y vaya usted a saber qué quiere decir el Papa por “razón común”.
Sí coincido con el Papa en que en “las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad (por la ciencia), también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas.” Pero disiento en que “la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo,” al menos en el sentido que Ratzinger le da a Razón supeditada a la fe, ya que él se equivoca al creer que hay una ”limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable,”.
El final del discurso es un ejemplo de lo lejos que le cae al Papa y a la Iglesia el concepto de laicismo y su correlato la tolerancia, para encerrarse en el círculo vicioso de que sin Fe no hay Razón y sin ésta “logos”, y por conclusión imposibilidad de diálogo intercultural.
Para los laicos, librepensadores, ateos y demás “gente de mal vivir” el riesgo del discurso del Papa no está en los viejos y trillados argumentos de que la Fe da sentido a la Razón, de que ésta sin aquélla pierde su trascendencia y empobrece al ser humano, si no en que la versión de la Fe como Razón, por oposición al carácter agresivo de cierto tipo de islamismo, refuerza el papel aglutinador de la religión católica-occidental frente a los nuevos bárbaros; haciéndonos pasar de matute todo el resto de dogmas y privilegios que quieren mantener o recuperar en la enseñanza, legislación, investigación, etc., de occidente.

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