Monday, May 11, 2009

La disculpa de Rosa

Disculparse es una buena costumbre. Reconocer un error y pedir perdón por ello es la mejor manera de zanjar una discusión quedando como un señor. Es la forma de acercarse a la humildad intelectual que te ayuda a seguir aprendiendo de tus errores. A quien se disculpa de corazón nadie le niega una sonrisa, una mano y hasta un reconocimiento de la honradez de sus posiciones primeras. Todo son ventajas en saberse disculpar, y si es a tiempo, mejor que mejor. Incluso a destiempo la disculpa se agradece, y a los que se empecinan en no hacerlo se les afea su soberbia o ignorancia.

Pero hay ocasiones en que las disculpas más parecen peajes que expresiones de dolor por un daño causado injustamente a alguien.

Algo así le pasa a Rosa Aguilar, cuando en una entrevista en El País de hoy, reconoce que se va a disculpar con Felipe González y a pedirle perdón por considerarle responsable del GAL y de tener “las manos manchadas de sangre”, aunque ahora niegue haberlo dicho.

¿Es necesario que se disculpe? ¿Cuándo dijo lo que dijo no debió decirlo? ¿Acaso era falso y lo sabía, pero tocaba decirlo por encono político? ¿Creía sinceramente que era cierto y ahora debe humillarse ante el nuevo patrón para hacerse perdonar?

Lo diga como lo diga, a quedado como Cagancho. Si la forma como ha salido de Córdoba es para no recordar, su necesidad –personal o inducida- de hacerse perdonar por los nuevos amigos políticos, es penosa.

Que oportunidad para callarse y pasar desapercibida hasta que su gestión al frente de Obras Públicas la avalen políticamente.