Lo cortés no quita lo valiente
Cuando se participa en un debate en el que se contraponen ideas absolutamente contrarias, el tipo de argumentación que se emplea debe de estar de acuerdo con el nivel que se pretende dar a dicho debate. Si quieres exponer tu punto de vista lo harás empleando los mejores y más favorables argumentos, los que más pruebas aporten a tu postura y con el lenguaje que menos rechazo cause en tus contertulios y audiencia. En un debate se trata de demostrar y por ende convencer de la racionalidad de tu postura.En todo debate hay una parte de exposición por parte de cada interviniente y otra en la que se debe escuchar muy atentamente los argumentos y críticas de la otra parte. Y si se escucha con atención a lo que el otro te dice y percibes cómo su argumentación falla o cómo muestra tu punto flaco podrás rebatir su argumentación o corregir tu primer fallo al exponer.
Si, por el contrario, optas por el desprecio, por la descalificación, por el argumento ad hominen o por el insulto tendrás una riña tabernaria, que podrá conseguir las risotadas del público y el aplauso fácil, pero dudo que puedas convencer a nadie de nada en el barullo de los gritos e insultos.
Con frecuencia he presenciado en un debate como, al llegar el momento del coloquio con el público, algún asistente diciendo defender y compartir el punto de vista de alguno de los ponentes ha dicho tales majaderías, acompañadas de tópicos y descalificaciones personales, que logra sonrojar al propio ponente y hacerle pasar vergüenza ajena ante la zafiedad de su pretendido defensor. Este tipo de intervenciones logra crear una corriente emocional en contra, primero del sujeto que tan burdamente se expresa y segundo de la postura que con mejor o peor acierto había defendido el ponente. Son esos “amigos” que es mejor que no te ayuden, que bastante tienes ya con tus “enemigos”.
Si se dice que la Iglesia es una asesina, y a continuación no se ejemplifica con algo evidente y fácilmente accesible a todos, estás haciendo demagogia y “tirando piedras contra tu propio tejado”. Pues el rechazo que genera este tipo de afirmaciones absolutistas es muy grande entre la gente, con independencia de que sean creyentes, agnósticos o laicos; y no digo ateos por que se supone que no tenemos que convencer a los de “nuestra cuerda”.
Pero si dices que en las comunidades de Kenia en donde más influencia tiene la Iglesia Católica el índice de SIDA es un 70 % más alto que en las que no está presente, y que el rechazo al uso de preservativos por la Iglesia es una de las causas de la infección entre los miembros de esas comunidades, y eso podría considerarse como una conducta criminal por parte de la Iglesia, gustará o no a quien te escuche pero no podrá rebatir ese dato sin más. Y aunque haya quien siga ignorando este hecho, habrá otro que tendrá que pensar un poco en si la incidencia del SIDA en África no está en parte determinado por la postura de la Iglesia respecto al uso del preservativo.
Si afirmas que la Iglesia roba y te quedas ahí, no habrás convencido a nadie. Al creyente no, porque es evidente para él que eso no es cierto; al laico tampoco, porque no le das ninguna prueba y es algo obvio de que quien hace una afirmación debe sustentarla en pruebas; y al ateo con sentido común no tienes que convencerle, pero tienes que demostrarle que eres algo más que un ateo asilvestrado, si no una persona con criterio y que no hablas por boca de ganso.
Pero si dices que lo que se genera en las iglesias de recogida de dinero en el cepillo, donativos por comuniones, bodas, funerales, etc., suma al año entre 1,3 y 2,5 millones de euros que no se declaran a Hacienda según estudios del Ministerio de Economía, podrás concluir que la Iglesia practica un fraude fiscal que se puede considerar un robo.
Con el primer tipo de afirmaciones no pasas de que te consideren un bocazas que dices lo que oyes o crees cierto porque alguien te lo ha dicho, pero sin datos para sostenerlo. Con el segundo tipo de argumentaciones podrás mantener un diálogo, que convencerá más o menos a tu interlocutor, pero que demostrará la solvencia intelectual de tus proposiciones.
No debemos olvidar un principio básico para un ateo: quien afirma algo tiene que probarlo. Es la carga de la prueba. Algo tan elemental, que es la piedra angular para negar la existencia de dios o dioses, cómo no aplicarnósla cuando debatimos. ¿Nos daremos a nosotros mismos menos valor intelectual que el que reconocemos en el fanático religioso? Sería un contrasentido.
En definitiva, es una cuestión de estrategia: o entras en las discusiones como un elefante en una cacharrería o como un individuo con argumentos y razones contrastables. O “razonas” como Hugo Chávez o razonas como Carl Sagan. Elige.

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