Los Neocon
Durante las fechas previas a la invasión de Irak sabíamos que nos engañaban, que los motivos expuestos para justificar la guerra eran falsos, sabíamos que las pruebas presentadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU por Powell estaban amañadas, que la decisión de atacar Irak estaba tomada antes de los atentados del 11-S, sabíamos que la pretendida complicidad de Sadam Hussein con Bin Laden era falsa; que no importaba nada qué dijera la opinión pública en la calle, en los periódicos..., que el plan de la administración Bush se llevaría a cabo contra todo y todos; que respondía a una estrategia diseñada hacía años por los grupos más conservadores en Estados Unidos.Sabíamos que esa estrategia respondía a un plan pensado para asegurar la hegemonía de los USA y para ello no íban a dejar de usar cualquier medio a su alcance. La fuerza militar era el principal medio, pero también el control ideológico tiene su papel en este ambicioso plan de asegurarse la hegemonía.
Y en esta búsqeda de la hegemonía ha aparecido la mentira como táctica de uso diario. Mentira que no duda en cambiar la historia conocida o en inventar conceptos como el choque de civilizaciones o culturas.
En la política tradicional, la que conocíamos antes del trío de las Azores, la mentira era un arma peligrosísima para quien la usara. Se volvía contra el usuario con la fuerza de un boomerang para derribarlo. La mentira era una táctica de corto alcance y para salir del paso en caso de apuro, pero nunca una estrategia.
Hoy la mentira en una explicación “plausible” de la “realidad”. Y entrecomillo plausible y realidad porque el uso de la mentira fue de tal magnitud por parte del gobierno de Aznar, que convertió el lenguaje en un arcano en que todo es a la vez lo dicho y su contrario; sin que podamos separar lo que se dice de lo que se insinua, oculta, deja entrever... todo en una mezcolanza de difícil digestión.
Para usted, para mi, lo que dice Bush sobre Irak es mentira, lo que repite su bufón Azanr es mentira. Para ellos es sólo una forma lógica de dirigirse a los subditos, a los inferiores, que acuden a jalearles en los prefabricados actos (incluido el pavo de plástico en el día de Acción de Gracias) de aclamación al caudillo.
En España, lo que hizo Aznar se enmarca en lo que Escribá de Balaguer denominaba la “santa desvergüenza”. Esa corrupción de la verdad que hay que emplear cuando se dirige el “caballero” a los inferiores, a la “clase de tropa” sobre asuntos de los que “no entienden”. Esa utilización de la mentira en aras de un bien superior indescibrable para los de abajo.
Al otro lado del atlántico y coincidente en el tiempo con el fundador del Opus Dei, un filósofo de origen judío-alemán, Leo Strauss, exiliado en 1938 a USA, empezaba a gestar la base de lo que con el tiempo ha dado en llamarse neoconservadurismo, “contrato con América” de Newt Gingrich, Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC, siglas en inglés), Mayoría Moral de Jerry Falwell y la Coalición Cristiana de Pat Robertson y Ralph Reed y de todos los intentos para que el Partido Republicano abrace la plataforma de la derecha religiosa o telepredicadores.
Leo Strauss, que enseñó entre 1938 y 1973 en las universidades de Chicago y New School de Nueva York, presentado como un experto en Platón, fue el propagador de una línea de pensamiento que hoy copa la primera línea de gestión en la Casa Blanca.
Strauss toma de Platón -pervirtiendo el sentido original que tiene en éste- la idea de la mentira como instrumento de dirección política. Pero mientras en Platón la mentira (fábula) era “noble” y servía como moraleja para ilustrar un hecho, en Strauss la mentira es una necesidad para conservar el poder, mantener a la población en la ignorancia y asegurar el gobierno de las élites. Y entre esas mentiras está el uso que se hace de la creencia religiosa, por más que Strauss y sus más directos díscipulos son ateos, pero conocen el poder de la religión como elemento de control social.
Pero este pensamiento no es original, y antes que Strauss lo habían utilizado y aplicado personajes tan siniestros como Göbels, del que el propio Strauss tuvo que huir.
El planteamiento de Strauss tiene que ver con esa corriente de pensamiento que considera que el conocimiento está reservado a las élites y hay que perservarlo del vulgo para evitar su corrupción. Considera el conocimeinto como un elemento de dominio que hay que mantener en secreto y de ahí la necesidad de las mentiras.
Esta línea de pensamiento entronca con La Cábala, la alquimia, y en última instancia con la masonería. Cábala, alquimia y masonería comparten algunos postulados respecto a la necesidad de restringir EL SABER, y como éste sólo es accesible a unos pocos después de recorrer un camino iniciático de la mano de un maestro.
Bloom, discipulo de Strauss, es el maestro de Rumsfeld, Perle o Wolfowitz. Y éstos son las élites que aplican la doctrina a la realidad y la interpretan según el peculiar modelo que Strauss elaboró.
El sentido de las enseñanzas de Strauss es convencer a sus seguidores de que ellos son la élite gobernante natural, y que el disimulo y el engaño -la cultura de la mentira- es la forma en que el hombre sabio se protege y protege a la “verdad” del vulgo -¿acaso no nos suena tan cercana esta opinión en Escribá de Balaguer?-.
Pero volvamos a la fuente de autoridad que Strauss usa para justificar su posición: el concepto de Platón de la ·”mentira noble”; pero en Platón este concepto tiene el sentido de fábula en cuyo núcleo hay una enseñanza útil que muestra un camino. No hay en la bibliografía de Platón una postura del uso de la mentira con el sentido que le damos hoy, ni con el que le quiere atribuir Strauss y difunde Bloom. Con tan pobre elaboración intelectual se “funda” una corriente de pensamiento conocida como “neocons”Platón en La República establece tres clases sociales: los filósofos, los guardianes y los artesanos. Los primeros gobiernan y tienen una elevada sabiduria y concepto de la ética, buscando el bien general; los segundos preservan al Estado de sus enemigos y los terceros aportan su esfuerzo para mantener el conjunto. En Platón estas clases son permeables e interdependientes.
Hoy esto nos suena antediluviano y superado, y Platón nos merece el respeto de un pensador que aportó brillantes elaboraciones a los conceptos del Estado, la Física, el Conocimiento hace casi 2.500 años; pero hoy Strauss y seguidores son pobres interpretadores de algo que la historia de las ideas ha dejado obsoleto y haría sonrojar al propio Platón.
Strauss piensa que un orden político sólo puede ser estable si está unido por una amenaza externa. Sostiene que si no existe una amenaza externa, hay que crearla. Por ello, el “eje del mal' es el resultado de la desaparición del “peligro comunista”, y la psicótica propaganda del atentado indiscrimado en cualquier lugar es el elemento que mantiene movilizada a la población en torno a sus “líderes naturales”. Es el uso del miedo llevado a sus últimas consecuencias, y con buenos resultados. La población se amedranta y acepta cualquier imposición; la oposición se calla o pierde audiencia; los movimientos de derechos civiles son mirados como sospechosos y la impunidad del Poder es absoluta. La tiranía está asegurada. Hitler gana sesenta años después.
Entre los más conocidos straussianos tenemos a el Secretario Adjunto de Defensa Wolfowitz, alumno de Allan Bloom en Harvard que fue a su vez díscipulo directo de Strauss. Otros straussianos con acceso directo a Bush son el vicepresidente Richard Cheney, Donald Rumsfeld, Richard Perle -muy cercano a Rumsfeld-, y antiguo subsecretario de Defensa en el equipo Reagan, -hoy directivo de la Rand Corporation- creador de la teoría de que Saddam Hussein tenía vínculos con Al Qaeda y que Irak poseía un arsenal de armas químicas y biológicas, y posiblemente nucleares; teoría que, como director del Consejo Consultivo del Pentágono, expuso antes del 11-S ante el Subcomité de Relaciones Exteriores del Senado.
Todos ellos y una larga serie de destacados e influyentes cargos en la administración Bush comparten las ideas que Allan Bloom difundió en su libro The Closing of the American Mind -hay edición en español-. Resume el ideario de Leo Strauss a través de un análisis de la cultura universitaria norteamericana, un diagnóstico de los USA y una propuesta de cambio. El diagnóstico es pesimista: el régimen estadounidense estaba, desde los años sesenta, en una crisis cultural y moral profunda como consecuencia de los movimientos pacifistas y de derechos civiles, y que la filosofía de los liberales y su actitud ante el Estado habían llevado a USA al borde del abismo.
Propone la eliminación de las políticas de “discriminación positiva” de las minorías, de las subvenciones a la cultura que corrompe a los jóvenes, la defensa institucional de los valores religiosos, la implantación de una interpretación restrictiva de la libertad de expresión reconocida por la Primera Enmienda y el recorte del Estado de bienestar y de los derechos de la mujer. (Ahora hay un movimiento en los USA conocido como “Mother at home” que aboga por la vuelta de las mujeres a su casa a cuidar a sus hijos, dejando su carrera profesional al margen).
Gracias a estos planteamientos el conservadurismo ha iniciado su ofensiva, modernizando su discurso. Los estudios sobre los perversos efectos del “abandono” de los hijos en las guarderias o ante el televisor forman parte de esa concepción tradicional de la familia y su rígido reparto de papeles. Los ataques al Estado de bienestar y su insostenibilidad son otras de las estrategias de los “neocons”.
Fukuyama, discípulo de Bloom, tildado de “gurú del pensamiento estratégico empresarial”, Samuel Huntington, y su “choque de civilizaciones”, entre otros son algunas de las “mentes straussianas” que hoy elaboran doctrina y explican la “verdad” de nuestro mundo y proponen sus recetas.
Estos son los mimbres intelectuales, de forma muy resumida, que hoy dirigen la elaboración de la administración Bush e impregnan la que Aznar dirigió en España y mantiene el PP en la oposición. Si bien, aquí tenemos una rancia tradición nacionalcatolicista que sirve de sólida base a la ofensiva conservadora. Por ello la consideración de la religión como asignatura evaluable, las amonestaciones de la Conferencia Episcopal sobre le “amor libre” y la violencia doméstica no nos pillan de sorpresa a muchos; es lo de siempre adornado de “neo”. Algún día hablaremos de “Matrix”, Neo, Morfeo, y Sión.

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