Las tonterías de Luis Aragonés
Ciertamente el artículo de Javier Marías aclara bastante el sentido racista o no del lamentable comentario de Aragonés al referirse a un jugador negro, y me reafirmaba en mi primera impresión de que este comentario se debía a la peculiar idiosincrasia del furbo y sus pensadores, pero a continuación he leído un escrito de André Maurois que ha echado por tierra mi postura. Viene a decir Maurois que si los hombres entendieran bien los peligros que implica el uso de ciertas palabras, los diccionarios llevarían una faja roja con la frase: "Explosivo... manejar con cuidado". Y eso me ha llevado a recordar que el lenguaje no es inocente y es el primer criterio que podemos usar para el análisis ideológico del hablante. (Inciso: lo que comenta Javier -Bordona- del lenguaje y sus traductores está ligado a lo políticamente correcto, al lenguaje no sexista u otras zarandajas, pero eso es un asunto del que polemizaremos otro día).Aún estando de acuerdo con el planteamiento general de articulo de Marías hay que considerar que la adjetivación la carga el diablo; por ello, cuando el sabio de Hortaleza rebuzna, su auditorio natural -que no son los académicos de la Academia de Ciencias Morales-, sino los más doctos energúmenos que llenan los campos de "furbo", está echando leña al fuego de la estupidez. Estupidez que luego es jaleada en prensa, televisión, tertulias de oficina, etc, etc.
El cómo de la estupidez de Aragonés se salta a la polémica del racismo -otra forma de estupidez- es un caso bien curioso, si bien comprensible. Que, de llamar negro a un negro, acabemos polemizando sobre los derechos de los palestinos o de los judios, es cuando menos un salto en el vacío. No digo que no se pueda pasar de un tema a otro, pero exige ciertos a priori en los polemizantes para llegar a tirar de Espasa o de Británica.
Del cruce de datos que uno y otro aporta no saco en claro nada y supongo que podréis seguir ad nauseam mencionando informes, resoluciones de la ONU, estudios históricos para concluir en algo que le deje al otro sin argumentos.
A mi entender habéis hecho una discusión de trincheras, arrojándoos datos demográficos como obuses, datos que se devolvían con distinta interpretación... Y así podríais estar hasta agotar todo lo escrito sobre el Próximo Oriente desde el código de Hammurabi.a la fecha.
Habéis utlizado un tipo de razonamiento de a favor - en contra, y por ese lado no hay posibilidad de acuerdo. Uno está en el parapeto que considera que cualquier denuncia o critica de la política del gogierno de Israel es una forma larvada del racismo antijudio y otro en la trinchera en la de que ante la conducta de agresión de ese Estado se puede entender la acción de los suicidas palestinos, aunque se condene.
Con esas posturas, que el fondo son la misma, la diferencia entre terrorista y soldado, entre víctima y verdugo, está en quién escriba en el futuro la historia, en definitiva en quién gane y aniquile al otro. Sólo habéis coincidido, y no podría ser de otra manera, en condenar las atrocidades de uno y otro lado, pero las posturas que teníais al principio no han variado. Y a la muerte del niño reventado en un autobús se le contrapone la de la niña acribillada. Y así hay poca o ninguna posibilidad de encontrar un punto de unión que sea algo más que una lamentación por el dolor de todas las partes.
Sólo cuando cambíamos el esquema de razonamiento y tomamos otras categorías de análisis podremos ver lo que une, o separa definitivamente.
Os propongo un enfoque se centre en la justicia antes que en los agravios históricos, que se funde en la calidad del suceso en lugar de la postura partidaria... No sé, releo esto y no me gusta cómo queda. Os lo explicaré con un poco de historia: En 1961 se juzgó en Jerusalén a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los principales organizadores en la Conferencia de Wansee, donde se planificó “la solución final a la cuestión judía” de los campos de exterminio. A ese juicio, el periódico The New Yorker envío a Hannah Arendt para que informara sobre el proceso. Arendt en sus crónicas, que luego desarrollo en un libro: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del Mal, estudia las causas que propiciaron el holocausto, el papel equívoco que jugaron en el genocidio los consejos judíos -cuestión que, en su época, fue motivo de una airada controversia-, así como la naturaleza y la función de la justicia, aspecto que la lleva a plantear la necesidad de instituir un tribunal internacional capaz de juzgar crímenes contra la humanidad.
Uno de los aspectos que más polémica causaron de las opiniones de Arendt fue la visión que dio de Eichmann. Para Arendt no era un monstruo, ni un psicópata sediento de sangre, sino un funcionario de rigor intachable a la hora de organizar la deportación y el exterminio de los judíos. Esta opinión le valió a Arendt críticas y descalificaciones de todo tipo. Ella sostenía que Eichmann se limitó a aplicar lo que el contexto social y político -santificado por la legalidad del Reich- pedía a los honestos empleados públicos, exponía el problema que hay entre la legalidad y la justicia. Lo trágico del descubrimiento de Arendt es que ni Eichmann ni la mayoría de los miembros de las SS eran asesinos o enfermos, sino hombres comunes, padres amantísimos, esposos cariñosos, vecinos ejemplares... que no odiaban, en la mayoría de los casos, a sus víctimas. Eran sólo servidores del Estado haciendo su trabajo. Banales e insulsos funcionarios que habían transformado la obediencia en imperativo moral. (Inciso: hay una magnífica película alemana sobre la Conferencia de Wansee y otra de Bertolucci "El conformista") (Otro inciso: leed los experimentos de Milgram sobre obediencia).
Por eso, cuando leo lo que uno y otro justifica o disculpa, me acuerdo de los pulcros gestores que en Wansee analizaban los pros y contras del traslado en tren de miles de personas, los problemas jurídicos para tratar a los medio judios-medio arios, etc. Todo en un ambiente de consejo de administración empresarial que hace aún más terrible la magnitud del Holocausto.
Cuando se condena el asesinato de una niña por un soldado israelí pero se argumenta que hay un estado detrás que seguro que lo enjuiciará y se contrapone a que la otra parte no hace nada por detener a los que revienta autobuses escolares, se está muy cerca de compartir ese ambiente de condescendencia con que un estado permite que sus soldados asesinen selectivamente o no tan selectivamente, siempre y cuando no se entere la opinión pública.
Cuando se denuncia la agresión sionista y se entiende la desesperación del terrorista que vuela un autobús se le da al asesinato una explicación sociológica que pone sordina a los lamentos de las víctimas.
Una pregunta: los judíos del Guetto de Varsovia que se levantaron contra los alemanes, ¿eran terroristas, soldados, resistentes... qué eran?
Pensaréis que la situación no es comparable. Pensadlo un poco, dejando al margen los antecedentes históricos -en la medida de lo posible- de la invasión nazi y de la política de genocidio del Reich. Porque si no es comparable el regimen nazi y el gobierno de Israel, éste hace continuos esfuerzos por parecerse a sus verdugos nazis (otra película: Portero de noche).
Lo que quiero deciros es que con unas categorías morales distintas a las empleadas para medir con dos varas los crímenes de mis correligionarios o los del contrario, es cuando podemos entender el viciado razonamiento que se da en vuestra polémica.
El asesinato no admite matices, lo haga el terrorista o el Estado. El terrorista no es un free-lance que asesina por hooby o en su tiempo libre, es un individuo que se encuadra en una estructura, mantiene un conducta y valores acordes con sus iguales, se inserta en una estrategia político-militar y se debe a una disciplina, igual que un soldado regular. La diferencia está en que los símbolos externos y representación pública de las organizaciones terroristas no están regulados por convenciones o instituciones como la ONU, por ejemplo, porque cuando lo están, se convierten en Estado.
El terrorista no es un ser abyecto de ojos sanguinarios, sino el vecino con el que nos cruzamos todos los días en la escalera. ¿No os ha llamado la atención esa apariencia de normalidad que tienen los manifestantes de Herri Batasuna? ¿A que se parecen a nosotros? ¿No os sorprende la cara de buenas personas que tienen esos palestinos suicidas que se inmolan en medio de una cafetería atestada?
El problema es cuando el Estado, que defiende una escala de valores públicos y sancionadso por acuerdos internacionales, actúa como los terroristas pero con los medios del Estado. Es, entonces, cuando los límites quedan hechos añicos y el todo vale se convierte en norma.
A Hamás no es necesario que la cobije ningún Estado, ella es su propio Estado y se contrapone de igual a igual pero con distintos medios a Israel.
Sharon y Arafat, que descanse en paz, y si es posible, Sharon también, son el mismo problema. Uno por provocar deliberadamente con su visita a la explanada de las Mezquitas y el otro por dinamitar los acuerdos de Oslo y a cuantos le han podido hacer sombra en la ANP. Ambos utilizan la misma lógica de guerra y de aniquilamiento de sus respectivos pueblos
Presentar 700.000 judíos muertos en Varsovia como aval frente a 3.000 palestinos en Gaza o viceversa no es un argumento muy sólido.
Bueno, lo dejo por hoy. ¿Qué os parece?
¡Ah!, por cierto. Los judíos en Varsovia eran resistentes.

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