Tuesday, October 02, 2007

Pobres y tontos

El comentario de Rodríguez Ibarra es muy acertado pero incompleto. Creo que dijo que a la guerra sólo van los pobres o que sólo mueren los pobres.

Los americanos, que son unos artistas en medir todo lo que se menea, ya sacaron un estudio en 1991, a raíz de la primera guerra del Golfo, en el que establecían que cuanto mayor era la clase social familiar del militar más lejos estaba del frente.

Así los más pringados eran los hispanos y negros, que estaban en las trincheras. Eran también, los que puntuaban más bajo en las pruebas de inteligencia general y nivel de estudios y cuyos orígenes familiares eran de inmigrantes y barrios marginales. Por el contrario, los más alejados del frente, en unidades de mando, eran los blancos con estudios superiores y provenientes de clases sociales medias-altas y altas.

Éste fenómeno no es nuevo. En España, los que mayoritariamente acababan en el ejército como clase de tropa a principios de siglo eran los que no podían pagar las 2.000 pesetas que costaba el librarse. “Hijo quinto y sorteado, hijo muerto y no enterrado», decía un refrán de finales de XIX.

Una buena parte del éxito del PSOE a principios del XX fue incluir en sus programas un servicio militar más corto y para todos. La mili era una de las mayores desgracias para un joven campesino (90 % de la población en 1910). Durante el siglo XIX el servicio militar duraba ocho años; luego fueron cuatro de servicio activo y cuatro en la reserva. Sólo a finales del XIX se llegó a tres años.

Pero los “ricos” siempre pudieron librarse. Las ideas igualitarias de la Revolución Francesa y el éxito de sus ejércitos y de los de Napoleón hizo prosperar las leyes de servicio militar obligatorio para todos, pero Mendizábal en 1836 se inventó el sistema de «redención», por el que las clases ricas podían eludir el ejército pagando entre 4.000 y 8.000 reales.

El resultado fue que los soldados procedían siempre de las clases más pobres: casi siempre analfabetos, mal nutridos y propensos a todo tipo de enfermedades. En el siglo XIX España participó en más de veinte guerras contando invasiones napoleónicas, guerras carlistas y coloniales y asonadas militares.

A principios del XX la reforma del general Luque, en 1912, estableció que el servicio militar era obligatorio y debía cumplirse personalmente, sin “sustitutos”. La reacción de las clases pudientes fue fulminante -siempre tan patriotas, pero de hojalata-, e impidió que la reforma se cumpliera en su totalidad: se inventó el sistema de «cuotas». Los que pudieran pagar al Estado 2.000 pesetas sólo permanecerían en él 5 meses; quienes pagasen 1.000 pesetas, 10 meses. Los demás, entre 30 y 36 meses hasta que lo derogó la República, en 1931.

Con la dictadura franquista se mantuvo en parte que el sistema fue más igualitario, si bien los que tenían estudios superiores, habitualmente de clase media-alta y alta, podían acceder a las clases de oficiales o suboficiales de complemento (IMEC) y el resto continuaba siendo “carne de cañón”.

Con la popularización de la universidad este aspecto se fue desdibujando y en la Transición todos los partidos se apuntaron a las rebajas de la mili, que de 18 meses pasó a 15, luego a 12 y acabó siendo testimonial de 6 meses y el primer gobierno Aznar la declaró voluntaria y profesional.

Hoy, en el ejército se inscriben los inmigrantes, que buscan un “certificado” de españolidad y los que no tienen muy buenas perspectivas profesionales por falta de capacitación básica. En definitiva: los pobres. Y tras las rebajas en el CI mínimo en las pruebas de ingreso: además tontos.

Coincido al 100 % de lo dicho por Rodríguez Ibarra en “La ventana” y en la necesidad de recuperar el servicio militar obligatorio.

Y mientras no sea así… en caso de guerra, recomiendo la postura de Boris Grushenko: la deserción.