Sexualidad y ateísmo
La discusión sobre el ateísmo, el ser ateo y las implicaciones que ello supone en todos los órdenes de la vida suele centrarse en una discusión entre creer –la fe- y saber -la razón-. Una variante de esta discusión es la crítica -en ocasiones tan desaforada y falta de criterio, que el ateo queda reducido a un remedo de sacerdote del ateísmo-, de la iglesia de turno; o, en el mejor de los casos, a una exploración de los hechos científicos que “demuestran” que dios no existe –cuando debiera ser la revés: los creyentes deberían demostrar su afirmación de la existencia de un ente sobrenatural-, y a la ridiculización de los argumentos y textos de la religión por su distancia evidente de lo que la realidad nos muestra día a día.Y poco más da de sí la discusión entre los ateos. Por eso, cuando aparece un tema nuevo, y aparentemente distante del ateísmo -como es la sexualidad-, no es infrecuente ver como se genera una violencia interna que conmina al infeliz que ha saco el tema o ha hecho una gracia sobre ello a que se atenga a lo importante, y deje “esos asuntos” para otra ocasión y sitio. Como si hubiera algo en nuestra sociedad ajeno a la permanente lucha fe-razón, creencia-ciencia, ignorancia-conocimiento.
Con el convencimiento de que muchas de las cosas que escribo a continuación son fácilmente rebatibles, me atrevo a presentarlas porque tengo la íntima certeza –y perdóneseme este acto de fe- de que no hay asunto ajeno a un enfoque racional, y por ende ateo, de cualquier manifestación humana. Y, por otro lado, no quiero dejar pasar esta oportunidad de enfocar el debate del ateísmo desde una óptica que aparentemente está en sus antípodas, y que, sin embargo, yo considero una magnífica muestra de la manipulación que la creencia religiosa hace de algo tan connatural al ser humano como es la sexualidad. Y de la que muchos ateos no son conscientes.
Para mí, sexo y vida son sinónimos. Sin sexo no hay personalidad ni individualidad. Uno conlleva lo otro y sin lo Uno no se explica lo Otro. Cualquier alteración de la sexualidad, cualquier manipulación de la misma lleva necesariamente a un estado de desequilibrio y a la postre a la enfermedad. En la sexualidad, en cómo se vive la relación del sexo en el sujeto se manifiesta toda su personalidad, toda su existencia; y por más que se quiera negar, nos define y acompaña desde antes del parto hasta la muerte.
El poder de sociabilidad que el sexo y su manifestación personal, la sexualidad, tiene, es de tal magnitud que todas los las sociedades, desde el clan tribal a la cultura actual, han adorado, negado, sacralizado, estigmatizado, pervertido, ensalzado, despreciado, manipulado, tipificado… el sexo.
No existe en la especie humana ninguna otra característica que explique mejor su historia social y personal que el sexo y la sexualidad. Los seres humanos han podido diferir en miles de aspectos asociados a la raza, la lengua, la alimentación, sus creencias religiosas, su habitat, su desarrollo tecnológico… pero en lo que nunca se han diferenciado ha sido en su consideración de la sexualidad como un elemento central de la vida social.
Se habrá considerado este elemento como algo natural o como algo demoníaco, como un hecho a vivir plenamente o como una aberración a castrar –y no solamente en el sentido metafórico del término-, como algo sólo responsabilidad del individuo o como algo que el grupo debe controlar… pero en ningún caso se habrá ignorado la sexualidad, ni se la habrá dejado actuar a su “libre albedrío”, como a cualquier otra necesidad biológica del cuerpo: dormir, comer, beber, excretar…
Por supuesto, que todas las acciones del cuerpo han estado o están de alguna forma regladas en nuestras sociedades. No se come o excreta en cualquier lugar o de cualquier forma, pero sí hay un amplío campo para la actuación individual en esas u otras acciones corporales. No ocurre lo mismo con el sexo y su actuación: la sexualidad.
¿Pero de dónde viene este control sobre algo, que en principio no debería tener más controles sociales que los que tiene el alimentarse? ¿Por qué podemos hablar coloquialmente de lo bien que hemos dormido y no podemos hacerlo con la misma franqueza de la satisfacción sexual experimentada? Hay muchas preguntas ligadas a porqués de la sexualidad que no aguantarían una mínima revisión, si no fueran por las cargas de represión que milenios de cultura mediatizada por creencias religiosas han puesto en nuestro cerebro.
¿Pero ha sido siempre así? ¿Han sido todas las religiones represoras de la sexualidad? ¿La represión sexual se da sólo en las sociedades judeo-cristianas o también en las islamistas y orientales? La respuesta es sí.
Aparte de la circunstancia de que el sexo está asociado a reproducción de la especie, aquel es, antes que nada, el elemento de cohesión social primario más potente que existe. Y lo es por una característica que lo diferencia del sexo reproductor animal: el placer orgásmico.
Sin este placer de posibilidades ilimitadas, por cuanto no está ligado a una única época de celo en la hembra, es por lo que se constituye la horda, el clan, la tribu… Si la posibilidad de intercambio sexual estuviera limitada a unas pocas semanas al año, como en otros mamíferos, y el período de gestación y desarrollo básico fueran cortos, la ligazón por el placer sexual sería casi innecesaria. Pero el hecho de que la gestación lleve nueve meses, en los cuales la hembra está más expuesta o limitada en sus posibilidades de supervivencia frente a agresiones, que el desarrollo del cachorro humano sea tan prolongado; hacen que la presencia de machos como proveedores y defensores sea necesaria, y estos se mantienen agrupados por la recompensa –entre otras- que representa la relación sexual y el orgasmo.
Supongo que ahora tendré que explicar que lo anterior no es justificación de ningún tipo de supuesta superioridad del hombre sobre la mujer basado en una mal entendida historia de la filogénesis de los grupos humanos, ni se disculpan con ello las agresiones machistas, ni ninguna otra discriminación que por cuestión de sexo que todavía hoy alguien quiera argüir sacando a colación la evolución de la especie humana. Con lo expuesto en el anterior párrafo sólo quiero recordar la función que tiene el orgasmo sobre la cohesión del grupo. Y cómo la exposición de una mujer embarazada, o con niños pequeños a su cargo era mayor en determinados momentos de la historia, en que la ausencia de cualquier apoyo que no estuviera sustentado por un grupo de semejantes -hombres y mujeres- la hacían mucho más vulnerable a ella y a su progenie. Y así fue durante decenas de miles de años, y ello ha conformado también nuestro modelo mental de enfrentar el hecho del embarazo y cría de los hijos, para bien o para mal. Que hoy los apoyos sociales de nuestras sociedades hayan vaciado de sentido –en líneas generales- esas situaciones de dependencia de la mujer y de los menores, no debe hacernos olvidar que esta nueva situación apenas es desde hace unas decenas de años, y que aún está muy lejos de ser universal, frente a miles de años de evolución.
Ojalá, llegue un momento en que no haya que explicar o justificar ciertos hechos evidentes en la evolución del ser humano, pero no querría que el motivo central de este artículo se perdiera en una crítica de si soy o justifico el machismo. Porque, ni lo primero –espero-, ni lo segundo.
Y volviendo al tema. El orgasmo, que es placer, y el placer que es más que el orgasmo, son los que construyen la sociedad. Suena fuerte, ¿verdad? Dice la introducción de la Constitución de los Estados Unidos que uno de los derechos del individuo es la felicidad. Y estoy plenamente de acuerdo. Y no puede haber más felicidad, más placer que la que proporciona la sexualidad. Entendida ésta como algo más que una simple descarga orgásmica. Entendida como una fuente de placer y relación con uno mismo y con los otros.
Por ello, por ese inmenso potencial que tiene el sexo es por lo que ha sido desde sus inicios controlado por quienes podían hacerlo: el jefe de la horda, el chamán… En este control se ha pasado por diversos estadios o fórmulas: el acceso a más hembras por parte del jefe, el sexo sagrado reservado a las elites del grupo, la negación del placer a la mujer, las fiestas con un contenido sexual litúrgico… las formas son tantas como grupos humanos.
El común denominador de todas estas variantes ha sido que un poder establecía un baremo de lo permitido y de lo prohibido, de cuándo y de cómo, de quiénes podían y quiénes no, de qué era lícito y qué anormal, con quién y con cuántos… y todo ello sancionado por tabúes religiosos y castigos humanos y divinos.
Desde el principio el chamán, evolucionado luego en sacerdote de los más variopintos credos, ha gozado de absoluta libertad para dictar lo que era admisible y lo que era antinatural o contra la ley de los dioses.
Al hombre, o mujer, común sólo le ha quedado aceptar esas imposiciones, interiorizarlas como algo natural a su ser y doblegar otras pulsiones hasta sublimarlas en conductas rituales que iban desde la agresión a otros hasta la automutilación, pasando por explosiones carnavalescas o de adoración a fuerzas identificadas con la creación de vida en formas de madres nutricias, inseminación de la Tierra o zoofilia religiosa.
La historia de la humanidad es la historia de su sexualidad y ésta es la historia de las religiones, porque es su origen. La religión nace como explicación de las fuerzas incontrolables, y la primera fuerza incontrolable es el Deseo, por encima de las tormentas, los terremotos o el ataque de un depredador.
La religión pone todas sus energías en el control del individuo y la más directa forma de control es la de controlar sus deseos, incluso antes que sus temores.
Habitualmente se cree que la religión nos manipula por el miedo que tenemos a lo desconocido en forma de “el más allá”, de lo que encontraremos después de la muerte, de los castigos que recibiremos si no cumplimos una serie de reglas. Y nada más lejos de la realidad.
La religión lo primero que controla y manipula es el deseo, el placer. Y sólo como elemento asociado a ese control del placer introduce el miedo a sus consecuencias. Luego, el miedo es consecuencia y no antecedente.
El bebe disfruta con auténtica satisfacción sexual de su cuerpo y del cuerpo de sus padres. El mamar es una fuente de placer para el bebe y para la madre en la inmensa mayoría de la veces -sé que hay alteraciones del proceso que son muy dolorosas para la madre, pero lo patológico, afortunadamente es una excepción, si fuera la norma, la especie se habría extinguido hace miles de años-.
Igualmente, la limpieza del bebe, con lo que lleva de manipulación del cuerpo, es otra fuente de placer evidente. Las risas del bebe, sus erecciones o abultamiento de la vulva son síntomas de ese placer.
Sin ese placer de la piel contra la piel entre el bebe con la madre y el padre, el proceso de socialización y aceptación de uno mismo se altera y es el caldo de cultivo de la neurosis, del miedo a uno mismo y a su cuerpo, del miedo al placer y a ser feliz.
Los bebes disfrutan tocándose, como disfrutamos los adultos. El bebe no siente más que eso: placer. El adulto, desgraciadamente, en muchísimas ocasiones siente asociado al placer un temor de estar sucio, de hacer algo indebido, de vergüenza, de pecado…
Todo ese boicot que el adulto se hace a si mismo está originado por la represión que la creencia religiosa ha inculcado en él a través de los agentes intermediarios que son los padres. Cuando una madre sorprende a su bebe tocándose, la primera vez se ríe y le aparta la mano, la segunda le reprende y la tercera le lleva al médico. Es una escalada de alarma sanitaria en la que se le va inculcando al bebe el hecho de que el placer experimentado no es normal, incluso puede ser enfermizo. Tendrá graves consecuencias en su salud futura y le apartará de la gracia divina.
En un proceso con diversos actores: padres, curas, médicos, pedagogos… todos trabajarán para que el desviado bebe no se pierda como ciudadano, alma inmortal o individuo sano. Es prácticamente imposible no ir generando microneurosis en este proceso de socialización sexual. Masturbarse está mal; sentir atracción por individuos de tu mismo sexo una aberración; sentirla por personas con una gran diferencia de edad contigo, por exceso o por defecto, una abominación; ciertas prácticas o posturas una anormalidad; fantasear con un deseo una desviación… Lo cierto es que no hay algo de la vida sexual de cada mortal que no pueda ser tachado de enfermizo. La pregunta es, y, ¿cómo a pesar de todo esto no hay más casos en consulta o en las cárceles?
¿Y por qué un hecho inherente al ser persona puede ser tan patológicamente considerado? Porque la religión, al menos la judeo-cristiana y también la musulmana ha conocido de siempre el inmenso potencial que tiene el control del Deseo. Controla el Deseo y controlarás la vida de las personas. Crea un mundo de enfermos a los que vas a salvar de si mismos y tendrás el poder absoluto. Es el gran hallazgo de los dictadores.
Qué era lo que más horrorizaba a los predicadores cristianos cuando llegaban a una nueva civilización en Oceanía: la desnudez, la alegría sin asomo de culpa con que adultos y niños disfrutaban del sexo. Era tal el escándalo que sentían que incitaban al genocidio de aquellos “hijos de Satanás” sin inmutarse.
Algo que lo antropólogos confirmaron doscientos años después era la ausencia de neurosis por represión sexual en aquellas comunidades. Donde el asesinato por celos, el crimen pasional, la perversión del deseo en forma de sadismo o masoquismo eran desconocidas. Y lo más curioso en estas sociedades era la práctica ausencia de creencias religiosas o de la existencia de grupos sacerdotales organizados. Todo lo más existía un chamán -hombre o mujer- que intervenía, básicamente como curandero, entre los poderes sobrenaturales y sus conocimientos empíricos de la naturaleza más inmediata, y el grupo.
Miles de años de represión del deseo y del placer dejan su huella en la literatura, en el arte, en la medicina, en la sociedad en todos sus aspectos. Se legisla sobre ello. Se prohíbe la poligamia o se tolera; se acepta el matrimonio como único lugar de sexo aceptado o que conviva con la prostitución; el matrimonio es sólo permitido a partir de los catorce años de la mujer o de los doce. Todo el sexo está regulado y sancionado. Se confunde sexo con honestidad y ésta con honradez; sobre todo en el caso anglosajón.
Si desprenderse de la creencia religiosa supone un esfuerzo intelectual notable, hacerlo del miedo al placer no lo es menos. No pocos ateos y movimientos sociales o políticos que se han declarado como ateos han sido en aspectos de sexualidad tan o más represores que la religión católica. Por ejemplo el comunismo.
Aquellos ateos que muestran una incomodidad frente al sexo o sus manifestaciones, que ven como inadecuado este aspecto en una discusión sobre ateísmo, que tienen una dificultad para integrar el sexo o el placer en el ateísmo están manifestando la potencia que la represión religiosa aún mantiene en sus estructuras mentales. Por supuesto, no es algo que ellos deseen ni hagan conscientemente. Es algo imbricado en el sistema mental con tal fuerza que es prácticamente imposible que sea percibido como algo impuesto por la historia familiar y social que en la que han crecido. Y esta especie de impronta antisexual es independiente del estatus social o ideológico de referencia del sujeto. La represión sexual auspiciada por la religión y amparada por el Estado es transversal. Nadie puede escapar a ella.
Únicamente se gradúa su intensidad por factores internos o externos como la identificación de los padres con la creencia religiosa, la laicidad ambiental de la sociedad, la experiencia acumulada por el sujeto en su desarrollo respecto a lo evidente y lo impuesto; pero siempre con una gran dosis de conflicto. Conflicto que en la mayoría de los casos es tomado como “normalidad” de conducta y actitudes, pues todos los referentes sociales y personales con los que podemos llegar a tener un mínimo de confianza como para hablar con algo de libertad sobre nuestra sexualidad están imbuidos de los mismos criterios de lo que es “normal o anormal”. Sólo cuando esa “anormalidad percibida” en uno mismo hace crisis con lo que es nuestro deseo más sentido, entramos en una situación de conflicto con nosotros mismos y con los demás. En el caso de los homosexuales se ejemplifica con esa frase tópica de “salir del armario”. En otros casos es reconocer que se fantasea con relaciones sexuales agresivas o de ser dominado, o con varias personas a la vez…
Que creyentes o ateos puedan coincidir en que en lo relacionado con el sexo, con el placer, sólo se puede hablar con medias palabras, con sobreentendidos, que puede ser inconveniente mezclarlo en asuntos “serios” y que debe quedar recluido al espacio de lo privado, de lo más íntimo, indica la potencia que el sexo como fuerza a controlar tiene en una sociedad enferma.
Liberarse de la creencia religiosa, aceptar la racionalidad como guía implica también revisar las creencias más íntimas sobre todo lo que es ser persona. Y ser persona es ser sexuado, darse cuenta de que ser sexuado implica relación con uno mismo y con otros sin culpas, sin vergüenzas, sin temores.
El sexo en una discusión sobre ateísmo está justificado como hablar del poder político o económico que sustenta los valores y creencias que sustentan y santifican en un sistema de favores prestados y debidos a la religión.
Recordando a aquel genio del análisis social y económico que fue Karl Marx habría que enfocar el miedo al sexo y al placer como se estudia el reparto de las riquezas y los medios de producción.
Al final el miedo al sexo es una superestructura más de las que Marx y Engels nos hablaron.
